Habiendo veraneado tardes larguísimas,
en el archipiélago dónde el horizonte y los edificios suben y bajan,
planos, simples y antiguos, como médanos con techados del color del cuervo,
como dibujos rústicos y escalonados,
con paredes terracota o vibrantes como la curcuma
de pocas lineas trazadas en maderas,
donde escaleras trepan a alguna ventana,
y tras las cortinas se ven barcos cruceros, torres de ladrillos bien rojos y fortificaciones transformadas en edificios públicos o museos con restaurantes panorámicos,
sobre la roca a la intemperie o frecuentemente cubierta de musgos y helechos.
Cruzamos varios puentes que conectan los grandes grupos de mesetas, saltan ríos, pequeñas islas y lagunas.
Donde la vida es especialmente alegre durante esta estación,
y la primavera se espera como en ningún otro lado,
caminamos hasta que la penumbra estuvo bien entrada.
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