Alhajero

No sé cómo supe su nombre,
Blanc, cómo el monte,
Supongo que llegue a él por mí buena intuición o memoria,
El mozo descorchó de nuevo un espumantes de champagne,
Y yo ahí parado, pensando en las burbujas, siempre en las burbujas,
por qué concentran su salida todas de un mismo punto),
Las chicas charlaban de cosas amenas,
De cuestiones simples o banales que dan risa,
Y más aún sumidos en el vórtice verborrágico del alcohol elegante
De la elección selecta, del gasto excelentísimo expresado en dólares.
Mientras estás señoras seguían hablando, cada tanto me miraban como para tener mí afirmación,
Una mujer estaba a mí lado, alta, rubia,
Lo primero que note fue su vestido de coctail amarillo,
Luego su sonrisa, su pelo y piedras anguladas de adorno,
Me preguntó algo que no entendí,
Pero que tampoco podría haber entendido las:   ala música estaba alta, y el mozo había traído una quinta botella ya.
También noté que me estaba tocando la espada, y no solo tocando, sino acariciando una parte importante de la parte baja.
Seguro fue su sonrisa blanca, brillante, que me hizo decir :
-vamos
Salimos del salón, dejando los brillos de la madera y los reflejos de las botellas finas y las alhajas,
Su habitación estaba cerca, abrió, entré luego de ella.
Entre el mareo, sólo podía pensar en lo asombroso de mí lengua : por qué algo tan exclusivo, herramienta de distinción entre los pares mortales, lleva un nombre árabe?
Eso pensaba mientras ella se aflojaba el vestido amarillo, liberando los pechos,
Buscaba mí reacción, me miraba ella y de sus diamantes.
Sus labios me llamaban, y a ellos fui.


Comentarios

Entradas populares de este blog